NECESIDAD DE LA ASOCIACIÓN*

José Prat

Compañeros:

Se han dicho tantas cosas buenas sobre la asociación, que me es difícil hallar algo nuevo que fortalezca en vuestro ánimo la convicción de su necesidad.

De todos modos, si no lo logro, no perderéis gran cosa, pues las cosas viejas que os diga acaso resulten nuevas para algunos de vosotros, y así unos las recordarán y las aprenderán los demás.

La asociación es la base de la vida. Mejor dicho: sin la asociación no hay vida posible. El electrón, que es la partícula de material al parecer indivisible2, se junta a otros electrones y forman el átomo; el átomo se junta a otros átomos y forman las moléculas; la molécula se junta a otras moléculas y forman los cuerpos, tanto inorgánicos como orgánicos. Se llama cuerpo inorgánico a aquel que no tiene la propiedad de desarrollarse y de reproducirse, como un pedazo de mármol, de hierro, etc., y se llama cuerpo orgánico a aquellos que por medio de la nutrición crecen, se desarrollan, se reproducen y, llegados a un cierto límite de desarrollo que no pueden traspasar, decrecen, pierden su propiedad vital y con la muerte vuelven al estado de materia inorgánica.

La fisiología, que es el estudio de los cuerpos orgánicos, nos enseña como las sustancias químicas transformadas en materias albuminoides, que es el primer estado de la materia viva, se asocian para formar la célula, que es la unidad elemental del ser orgánico, del mismo modo que el individuo es la unidad elemental del cuerpo social; y que de la reunión de las células se forman los tejidos, nervios, etc., las diferentes partes del cuerpo orgánico, tanto si es vegetal como si es animal. La única diferencia que va del vegetal al animal, consiste en que el vegetal toma directamente su alimento de las sustancias químicas de la tierra, las cuales transforma en albúminas, y el animal se nutre de las materias albuminoides que forman los vegetales y animales.

Por lo expuesto podéis comprender que sin esta asociación, sin esta unión de unas cosas con otras, la vida no sería posible, y del propio modo que no se concibe el electrón aislado, solo, completamente solo, pues para accionar y reaccionar se necesita que haya otros electrones a su lado, no se concibe tampoco el individuo solo, aislado, pudiendo prescindir en absoluto de los demás individuos, sean estos simples cuerpos unicelulares o cuerpos pluricelulares.

Los cuerpos unicelulares, que quiere decir formados de una sola célula que se divide en dos partes iguales cuando llega al máximo de crecimiento, forman verdaderas colonias. El cuerpo de los animales pluricelulares, que quiere decir formados de varias células, es una verdadera colonia, una asociación de células.

Y si la química y la fisiología nos enseñan que la asociación es la base misma de la vida individual, la sociología, que se basa en todas las ramas de la ciencia y de ella saca sus conclusiones, nos enseña que esta misma asociación es el gran factor que ha formado todas las sociedades humanas. De hecho, la asociación está ya en los animales inferiores al hombre. Un hormiguero, una colmena, etc., son ya una sociedad. El hombre no ha hecho más que agrandar, perfeccionándolo, este espíritu de sociabilidad que se halla ya en los demás animales inferiores, antepasados suyos, de los cuales ha surgido y de los cuales lo heredó. Sin la unión, sin esta asociación del macho y de la hembra, pasajera o duradera, que se juntan para los fines de la reproducción, no existiríamos. Ya veis como la asociación, aunque sólo sea para este determinado fin de la reproducción de la especie, es imprescindible, necesaria de toda necesidad. De hecho, la asociación preside toda la evolución del reino animal. Y si preside toda la evolución del reino animal, no hay para qué dudar que preside también toda la evolución de la humanidad asociada para todos los fines, buenos o no buenos, que ha realizado a través de la historia.

Conscientemente o inconscientemente somos los asociados del gran todo llamado Universo. Ni con el suicidio podemos escapar a esta inmensa asociación. Formas orgánicas o formas inorgánicas, vivos o muertos, los electrones y los átomos de que estamos formados continúan asociados. La materia, o el éter de que está formada, es eterna y no puede suicidarse, no puede dejar de ser.

Ahora bien. La asociación es tanto más fuerte y próspera cuanta más solidarios son los individuos que la forman, cuanto más grande es el apoyo mutuo que se prestan unos a otros. Esta es una verdad de orden fisiológico que tiene su aplicación lo mismo que el cuerpo social. Si las células que componen, por ejemplo, mí estómago o mí cerebro, se nutren deficientemente, todo mi organismo se resentirá por esta deficiencia de nutrición y acabaré por enfermar. Del propio modo en una sociedad cualquiera, si hay individuos que por causas ajenas a su voluntad no pueden vivir integralmente y normalmente, toda la sociedad se resentirá de ello y a la corta o a la larga se producirá el trastorno social provocado por esta falta de solidaridad o por esta solidaridad poco robusta, practicada por sus miembros.

A esta comprensión de la solidaridad no se ha llegado de golpe y porrazo. A este grado máximo de solidaridad se ha llegado gradualmente, como en todo. Toda la vida oscila entre un mínimo y un máximo que no pueden traspasarse sin pena de muerte. El hombre, partiendo de este sentimiento de solidaridad que ha practicado más o menos conscientemente en todas las épocas, ha llegado a la comprensión del máximo de solidaridad, ejercitándola. Y en este ejercicio, en esta práctica de la solidaridad a través de todas las épocas, se ha ido elevando de menor a mayor.

En una palabra: para poder escribir hoy esta teoría irrefutable del apoyo mutuo, para comprender que la sociedad es tanto más sólida y próspera cuanto mayor es el apoyo mutuo que se prestan los individuos, ha sido necesario deletrearla antes en la observación de los hechos históricos, que con su defectuosidad de resultados han enseñado que aún falta mucho que andar para que los individuos practiquen este máximo de solidaridad necesaria para el buen funcionamiento armónico de la sociedad.

Ninguna necesidad hay de que canse vuestra atención haciendo historia de la evolución del principio de solidaridad3. Es bastante con que deje dicho que los hombres la han practicado siempre limitándola más o menos, haciéndola más o menos extensiva a un número de individuos, según los grados de saber de cada época. Solidaridad limitada a la familia, primero; a la tribu, después; más tarde a la comarca, a la raza, a la nación. Solidaridad limitada por parte de los individuos a la casta, a la clase, a la profesión a que pertenecen, excluyendo a los que no. Ha tomado mil formas y aspectos varios, según los intereses a veces, según las necesidades de la defensa, otras.

Presentemente podemos dejar sentado un hecho real que todos conocéis, y una teoría científica que nos servirán de punto de partida en este asunto que aquí me llevó.

El hecho real conocido de todos vosotros, es que actualmente la humanidad está socialmente dividida en naciones y en clases en cada nación; que estas naciones están en guerra material casi siempre por uno u otro motivo, y que las clases se hacen una cruda guerra en el seno de cada nación. Y quien dice que se hacen la guerra, quiere decir que no son solidarias, pues la solidaridad tiene por objeto unir a los hombres para un fin que les es común y no para dividirlos.

Y claro está que una humanidad dividida de tal modo, deja sin aplicación el máximo de aquel principio científico de que os he hablado, consiste en que la asociación es tanto más fuerte cuanto más solidarios son sus individuos, cuanto mayor es el apoyo mutuo, recíproco, que se prestan.

¿Por qué han guerreado y guerrean los hombres? La respuesta no es difícil de hallar. Los hombres han guerreado y se pelean aún más por ignorancia que por maldad. El hombre no nace bueno ni nace malo. El hombre es producto del medio en que vive. El medio lo forma, pero él puede modificar el medio corrigiendo sus defectuosidades. Y para corregirlo ha sido necesario que se elevara intelectualmente cada día más. No se llega a la perfección de un salto. Por esto ha tardado millones de años en comprender la verdad científica de aquel principio de solidaridad que quiere que le interés de uno y el de todos sean idénticos para que la sociedad funcione armónicamente sin trastornos sociales ni desequilibrio.

Y el hombre ha guerreado y se pelea aún porque aún no ha sabido hacer práctica esta verdad que ya habían entrevisto los primitivos.

En el fondo de estas seculares peleas, no es la maldad, no es el egoísmo, no son los intereses lo que divide a los hombres. Todo esto no son más que efectos de la ignorancia, productos, creaciones suyas.4 La guerra, los fanatismos religiosos, las ambiciones de mando, la sed de posesión de riquezas, que tanto dividen a los hombres, significa que aún no han hallado la fórmula social de su unión armónica; significan que aún no han comprendido todos que con esta falta de solidaridad no hay paz posible sobre la tierra; significan que aún no han comprendido todos que la solidaridad quiere que se busque el bien de todos y el de cada uno en particular por el camino de la igualdad y de la libertad. Me refiero a la igualdad de condiciones y a la libertad natural producto de aquella igualdad, sin la cual no es posible. La igualdad y la libertad políticas, están muy lejos de significar las naturales igualdad y libertad. No pasan de ser remedos groseros de ambas.

Y por no haber sabido comprender esto en todas las épocas pasadas, el hombre ha matado, despojado, esclavizado en formas mil, diversas. Ha practicado y practica aún la solidaridad a medias.

Con menor intensidad que en los tiempos pasados la insolidaridad impera en los nuestros con todos sus horrores. Los trabajadores, la gran masa de todas las épocas, son quienes más directa e indirectamente tocan sus funestas consecuencias.

No cabe duda que la sociedad actual es defectuosa en grado sumo, que falta en ella solidaridad.

Nos lo revela por un lado la extrema miseria, y la extrema riqueza por el otro. Para que esto sea posible ha sido necesario que los poseedores de toda la riqueza crearan un órgano que les defendiera esta posesión. El Estado no tiene más objeto que este, y su funcionamiento produce súbditos que obedecen y superiores jerárquicos que manden.

En todas las épocas y en todas partes estos poseedores y guardianes de la riqueza, han realizado el tipo de asociación egoísta, poco solidaria, limitada un día a la casta sacerdotal, más tarde a la casta guerrera, luego al señorío feudal, a la monarquía absoluta aliada con la nobleza después, a la burguesía que la destronó en seguida, hasta nuestra época en que la plutocracia es dueña y soberana, pero excluyendo siempre de los mayores beneficios de esta asociación a la gran masa proletaria.

Estas asociaciones de sacerdotes, guerreros, señores feudales, monarcas, burgueses, y aún la misma clase media, han buscado y buscan el bienestar de sus individuos por el camino del apoyo que se prestan mutuamente, encaminado a poseer, guardar, acrecentar, y aún hacer defender sus riquezas por los mismos desposeídos, los obreros, que más ignorantes o menos astutos, han tardado siglos en solidarizarse en la clase bien definida para hacer frente a esta asociación del privilegio que les despoja secularmente.

Nunca como hoy la miseria y la riqueza se miraron tan hostilmente; nunca como en nuestra época se comprendió tan claramente que para que la paz sea posible sobre la tierra, es necesario que se produzca la última batalla entre las fuerzas asociadas de los que poseen la riqueza y las fuerzas nacientes y asociadas de los que nada poseen.

Va a ser la lucha de dos gigantes; uno, empeñado en conservar a todo trance una forma de convivencia social que le beneficia grandemente, pero que está reñida con aquella verdad científica de que os he hablado al principio; el otro, empeñado en realizar una forma de convivencia social que beneficie a todos sus miembros por igual.

La verdad, el derecho, la justicia están de parte del asociado más débil materialmente hablando: el obrero.

El error, la prepotencia, la injusticia, están de parte del asociado más fuerte materialmente hablando: la burguesía.

Y como en toda lucha material no basta tener razón, sino que es necesario tener la fuerza, el proletario tiene que crear esta fuerza.

¿Cómo? Por medio de la asociación, por medio de la estrecha solidaridad de todos sus miembros, por medio del apoyo mutuo, en todos los instantes y en todos los lugares, sin el cual no vencería nunca. Tiene que limitar y sobrepujar el espíritu de asociación de la burguesía.

Mientras el proletariado no comprenda esta necesidad de asociación estrecha y no la robustezca con el ejercicio, la burguesía saldrá materialmente triunfante de todas las escaramuzas. Podrá sufrir derrotas morales y derrotas intelectuales, que contribuirán, cierto es, a quebrantar algún tanto su asociación, pero conservará sus riquezas y sus privilegios.

Es un hecho que se está presenciando actualmente. La lucha está entablada en todos los terrenos; las batallas diarias se libran, pero lo victoria definitiva, tarde en acercarse, porque la asociación burguesa es más robusta que la asociación obrera.

¿Queréis saber por qué?

De los beneficios de la producción, la burguesía excluye al obrero, no se solidariza con el obrero, lo tiene simplemente, no como un asociado, sino como un instrumento; un instrumento que lo mismo sirve para producir, que para guardar la producción.

De ahí resulta que el obrero es la fuerza, o por su ignorancia, como queráis, solidario de hecho de la burguesía, mientras ésta no se solidariza nunca con el obrero.

La burguesía es un conjunto compuesto de diversas clases: clero, militar, magistratura, hombres de gobierno, catedráticos, etc. Estas diversas clases riñen a veces por espíritu profesional, de cuerpo, pero no tengáis miedo que en frente de su adversario haraposo y hambriento se presenten nunca desunidas. Que un obrero o una colectividad obrera desacate y maltrate a una sola, y veréis como las demás la apoyan condenando al proletario o proletarios rebeldes. Comprenden que el interés de cada una y el de todas son idénticos y que el derrumbe de una sola reportaría el desquiciamiento de toda la asociación. Comprenden que el interés común de la posesión y detención de sus riquezas y el mantenimiento de sus diversos privilegios, exigen imperiosamente este mutuo apoyo que se prestan, aunque para lograr este objeto tengan que sacrificar a la gran masa obrera. Luchas y rivalidades surgen en el seno de estas clases, apasionando a veces a las muchedumbres, pero luchas y rivalidades desaparecen en cuanto el obrero pretende rebelarse como un solo hombre.

Además de las ventajas de esta estrecha unión, la burguesía tiene medios de defensa y de ataque variadísimo. Cuenta con el espíritu de obediencia de las masas obreras inculcado por la religión y aprovechado por el Estado. Cuenta con la enseñanza oficial que en las universidades y escuelas desnaturaliza y tergiversa la verdad científica. Cuenta con la inercia de la masa rutinaria que espera que todo se lo den hecho y acabado. Cuenta con el medio y el respeto que la ignorancia tiene a la autoridad. Cuenta con que puede reducir por hambre a sus explotados. Y cuenta, en último término, con la fuerza material que esta misma ignorancia proletaria le presta en forma de ejércitos. Todo esto sin contar los mil y un diversos medios indirectos, como la prensa diaria y otros, con que forja o desvía a su antojo la pública opinión.

En frente de esta solidaridad burguesa y de estos medios de defensa, se halla el proletario mal unido, con sus sociedades y sus federaciones de oficio bamboleantes por toda defensa. Es ya algo, pero ni es bastante ni es todo lo que se necesita para vencer.

Para poder vencer algún día precisa que el proletario se compenetre de esta verdad: que su interés de clase es opuesto al interés de todas las clases burguesas que he citado, y que mientras le preste, directa o indirectamente, su apoyo, no irá a ninguna parte de provecho.

No basta querer luchar; es necesario saber luchar, saber por qué finalidad humana se lucha y con quién se lucha.

¿Cómo queremos vencer si aún estamos divididos por cuestiones patrióticas que maldito lo que nos interesan? El capital es internacionalista.

¿Cómo queremos vencer si aún nos apasionamos en pro o en contra del clericalismo y dejamos intacto el fondo de esta cuestión religiosa, que es el embuste espiritualista?

¿Cómo queremos vencer si aún nos rompemos la cabeza para que al poder suban Pablo o Pedro, que en una u otra forma más o menos embozada defenderán de igual modo el régimen capitalista?

¿Cómo queremos vencer si aún en el seno de nuestra misma clase nos disputamos para que nos dirija el compañero Juan en vez de compañero José, sin comprender que la mejor dirección de nuestros intereses ha de estribar no es tener buenos directores obreros, sino en que todos los obreros estén instruidos y capacitados para dirigirse cada uno a sí mismo?

¿Cómo queremos vencer, si en cada escaramuza que se presenta, hay quienes se prestan a ocupar el puesto de los que luchan? Con este afán de salvar el número uno y dejar que a los demás les parta el rayo gubernamental o patronal, no se dan ejemplos de solidaridad, sino de egoísmo.

¿Cómo queremos vencer si aún no hemos comprendido que cuando un miembro de la gran familia proletaria sufre un daño, este daño repercute a la corta o a la larga sobre toda la familia?

Fijaos en el siguiente hecho para aleccionaros.

A pesar de toda su fuerza y de toda su solidaridad, la burguesía se ve amenazada. ¿Por qué? Porque por grande, fuerte y próspera que sea, ha cometido un grave error, consistente en creer que puede subsistir siempre su asociación, dejando desheredada en torno suyo a la gran masa. Los desheredados principian a rebelarse porque son víctimas de la insolidaridad de esta desigualdad económica, y su rebelión acarreará el derrumbamiento de la sociedad burguesa en plazo más o menos breve.

Del mismo modo si en la asociación obrera se manifiesta la insolidaridad, sea por miedo, por indiferencia, por egoísmo o por ignorancia, la asociación no será robusta y no podrá adquirir la fuerza necesaria para vencer a la sociedad burguesa.

Cada miembro indiferente, cada individuo que haga el juego de la burguesía, cada egoísta que surja pensando en el número uno, son otras tantas partículas de fuerza que se restan al conjunto, y que redundan en daño, no tan sólo de los abnegados que luchan, sino de los mismos que han dejado de luchar o en su defecto, en daño de sus hijos, que continuarán siendo esclavos y miserables como ellos.

Nuestra divisa tendría que ser aquel todos para uno, uno para todos, que practicaban las tribus comunistas de los primitivos.

Si una sola unidad de cuerpo proletario sufre, si una sola unidad mira con indiferencia este sufrimiento, el cuerpo proletario vivirá anémico, como enfermo vive el cuerpo del hombre si no nutrimos por igual todos sus miembros.

Es necesario que nos penetremos bien de la necesidad de esta asociación y de este apoyo mutuo, dejando a un lado miserias y rivalidades personales que solamente son producto de nuestra ignorancia.

Hay un terreno en que todos los trabajadores podríamos, y aún deberíamos estar de acuerdo, si no nos cegaran tanto los apasionamientos políticos y de escuela.

Este terreno es el terreno económico, es la lucha societaria, como solemos decir.

Todos los obreros tienen un mismo interés común: emanciparse económicamente; y un mismo enemigo: el capitalismo.

Dad tantas vueltas como queráis al problema; no seremos libres sin antes haber logrado esta emancipación económica.

Su capitalidad salta a la vista. Es primordial, es primero que todas las demás cuestiones. Y precisamente su primordialidad es la mejor prueba de la necesidad que todos tenemos de hacer concurrir la mayor suma de energías individuales, nuestra mayor actividad, nuestros mayores esfuerzos, para resolverla.

No quiero decir que este problema excluya a todos los demás. Todo interesa saber y resolver en este mundo; quiero significar que lo primero es siempre aquello que tiene más carácter de urgente y necesario.

Va comprendiéndolo ya así el proletario, más por desgracia nuestra, aún hay quienes dan más importancia a las cosas secundarias y descuidan la tajada por el hueso.

En este terreno económico no puede haber disparidad de apreciación si no se ingiere, para desviarla, la mala fe o la poca comprensión de las cosas, en forma de disparidad de método de lucha.

Por encima de todas las apreciaciones flota irrefutable una verdad: la asociación obrera no será fuerte ni próspera sin el apoyo mutuo de todos sus miembros.

Y esta otra verdad: los proletarios tienen un común interés en emanciparse del capital.

Y estas dos verdades, finalidad y medio, propósito y procedimiento para conseguirlo, bien definidas, bien concretas, exigen, lógicamente, por parte de los obreros, que no se fraccionen en capillitas sobre este terreno de batalla.

Guárdense las discrepancias para cuando se trate de combatir o sostener un sistema de gobierno determinado. Guárdense las disparidades para cuando se trate de resolver de qué modo ha de organizarse la producción del porvenir.

Pero en frente de la asociación burguesa que nos explota y oprime; en frente del capitalismo que se alza arrogante, tiene que alzarse unida y compacta la asociación obrera, sacrificando sus particularismos de escuela, sus opiniones políticas, sus simpatías y antipatías personales, sus miserias del pasajero momento. Lo reclama el común interés que todos tenemos en emanciparnos económicamente.

Esto no significa el abandono de las demás luchas. Que los que tengan aún fe en determinados ideales políticos luchen por ellos en buena hora. Están en su derecho, como están en su derecho los que perdieron aquella fe y no luchan por ninguno.

Pero ni unos ni otros olviden que tienen una finalidad común: emanciparse económicamente; y un medio para conseguirla: la asociación obrera; y una imperiosa necesidad: apoyarse mutuamente para que la asociación sea fuerte y superior a la de la burguesía.

Si a mí no me interesa la conquista de un derecho político porque creo que la política redunda en beneficio de la burguesía que la utiliza para su defensa, y otro obrero cree lo contrario, no es este motivo bastante poderoso para que tengamos que tirar cada uno por su lado cuando se trate de combatir al capitalismo.

Pueden librarse todas las batallas, porque la actividad humana puede desarrollarse en diferentes direcciones. Una cosa es el interés de partido, otra cosa es el interés profesional, y otra cosa es el interés de clase. Por relación que tengan entre sí estas cosas, hay que saber distinguir unas de otras y no confundirlas en un momento determinado, sembrando la confusión consiguiente. Que cuando se trate del interés del partido a que cada cual pertenece, se agrupen y luchen los que comulguen en una misma finalidad. Que cuando se trate del interés profesional se agrupen y luchen los de una misma profesión. Que cuando se trate del interés de clase se agrupen y luchen todos los que a la clase pertenezcan. Para esto basta un poco de clarividencia y espíritu de tolerancia. Esto es de simple buen sentido.

No sé si habré logrado convenceros de la necesidad de la asociación, de su imperiosa necesidad. No me llevó aquí más objeto que este. Ahora toca a vosotros, si queréis lograrla, poner algo de vuestra parte.

Instruidos en todas las materias. Observad, experimentad, discutid con tolerancia y adoptad luego el procedimiento de lucha que creáis más eficaz. Pero tened siempre en cuenta para guiaros:

Que la clase obrera tiene un común interés en emanciparse económicamente.

Que la asociación, la solidaridad, el apoyo mutuo, es el único factor de todo el humano progreso.

Todos para uno y uno para todos.


* Conferencia leída en el Centro de la Federación Metalúrgica de Barcelona, el 31 de octubre de 1903. Digitalización KCL.

 Los recientes descubrimientos de la radioactividad del radio sin que aparentemente pierda nada de su peso y su propiedad de transformarse en helio sin que cambie de aspecto, sugiriendo la idea de que el átomo es divisible, un compuesto de partículas de materia más pequeñas, a las que se ha dado el nombre de electrones, habiéndose, por lo tanto, trasladado al electrón la teoría de la indivisibilidad que se atribuía al átomo. Pero tal vez no termine en el electrón la divisibilidad. Gustavo Le Bon, en su libro La evolución de la materia, con su novísima teoría de la «asociación y desaparición de la materia», deja comprender que el electrón, tal vez como la electricidad, sea un producto de la desasociación que vuelve al punto de partida de la evolución de la materia, el éter imponderable, único que, en este caso, podría reivindicar la indivisibilidad y la eternidad atribuidas antes al átomo y ahora al electrón.

 El lector puede hallarla en el libro de Kropotkin, El apoyo mutuo, un factor de la evolución social, 2 tomos, biblioteca Sempere, de Valencia.

 A esta afirmación, el camarada Mella puso el siguiente reparo -Natura, Barcelona, 1 de junio 1904- que transcribo por lo que valer pudiere: «… hallamos una afirmación que se nos antoja aventurada: la de que no son la maldad, ni el egoísmo ni los intereses lo que divide a los hombres, sino la ignorancia. Es claro que la ignorancia, que el desconocimiento, más bien del principio de la solidaridad o de apoyo mutuo es la que permite que otros factores dividan a los hombres. ¿Pero no son los intereses, sobre todo, lo que nos pone a los unos en frente de los otros e impiden, no ya la comprensión, sino la práctica misma de la solidaridad? Por ignorantes que sean, no es la ignorancia obstáculo para que ciertos pueblos vivan muy solidariamente y muy en paz».